La muerte no existe, la gente sólo
muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo.
Isabel Allende
Estaba seguro de que a pesar de las
circunstancias, el regalo le entusiasmaría. Aleixo era un enamorado de todo lo
que tuviera que ver con el mar, incluidos por supuesto, los barcos. Esa misma
mañana entré en una tienda de juguetes del pueblo y pedí a las dependientas que
me los mostrasen todos. Elegí el más grande y espectacular, una carabela
preciosa imitación a escala de la Santa María, la nave en la que viajaba Colón
cuando descubrió América. Tras abrir la puerta de su habitación, no pude
esconder la gigantesca caja tras mi espalda, así que Ale, como le llamamos
cariñosamente, la vio incluso antes que a mí.
-¡Oh, papá! ¿Ese es mi regalo? ¿Es mi regalo de
cumpleaños?
-¡Sí, capitán, es tu regalo!
-¡Guau, es enorme!... ¿Qué es?
-Tendrás que abrirlo y verlo por ti mismo.
Dejé el paquete en la repisa de la ventana y le
ayudé a salir de la cama.
-Despacito, eh, campeón, con cuidado. He tardado
un ratito, ¿has estado bien?
-Sí, papá, no te preocupes, estoy bien.
Me senté cerca de él, en el sillón que durante las
noches hacía para mí las veces de cama, y observé cómo desempaquetaba
ilusionado la enorme embarcación de juguete:
-¡Qué pasada, papi, es muy bonito!
-¿Te gusta?
-Mucho –me contestó acercándose a mí para
abrazarme.
-Eh, cuidado con el brazo, no se nos vayan a
soltar las amarras.
Los dos echamos un vistazo a su mano para
cerciorarnos de que la vía no se había salido, y que el contenido de la botella
de suero seguía fluyendo con normalidad hacia sus venas.
-No ha pasado nada, ¿verdad?
-Nada. Todo en orden, capitán.
Desde la ventana de la habitación se podía ver el
mar, así que mirando el barco en perspectiva, daba la sensación de que
estuviera flotando en él. Eso mismo debía estar observando Aleixo, que miraba
orgulloso la fina estampa de su carabela sobre aquel azul chispeante de espuma
que a solo unos pocos kilómetros de allí, se dejaba ver, majestuoso, tras el cristal.
-¡Se acerca una tormenta, marineros, plegad las
velas y estad atentos! –ordenaba Ale a una ficticia tripulación al tiempo que
accionaba el botón que las plegaba automáticamente.
-Vamos a encender la luz trasera para ser bien
visibles –continuó mientras presionaba el interruptor correspondiente.
En la parte trasera del barco, una pequeña luz
roja empezó a encenderse y apagarse alternativamente. Supongo que se trataba de
una versión actual de la mítica carabela…
Mientras él jugaba entretenido, abrí el sobre que
acababan de darme las enfermeras con el informe de las pruebas de la semana
anterior, preso de un nerviosismo al que a pesar del paso de las semanas no
terminaba de acostumbrarme. Tras varias líneas de lenguaje técnico, había una
conclusión no por más clara menos preocupante: “La quimioterapia está
mostrándose eficaz, pero el tumor no ha desaparecido por completo y sigue
comprometiendo estructuras cerebrales importantes. No se puede predecir cuál
será el pronóstico. Procederemos con un último ciclo de citostáticos a partir
del lunes, para hacer una valoración más precisa”. Acababa de terminar la
lectura cuando un golpe seco desvió mi atención. Ale se había caído al suelo
donde yacía inconsciente. Me levanté de un salto hasta él.
-Ale, ¡despierta por favor! ¡Aleixo! ¡Vamos, hijo!
¡Que venga alguien! –grité.
Le cogí en brazos y tras colocarlo sobre la cama,
accioné nervioso el pulsador del timbre.
Unos segundos después, irrumpió en la habitación
una enfermera arrastrando el carro de paradas. Tras ella entraron un médico y
otra enfermera. Mientras una de ellas le descubría el pecho, la otra me pidió
que esperase fuera:
-Por favor, tiene que salir.
-Tengo que quedarme, no quiero esperar fuera –protesté.
-Necesitamos espacio para trabajar. Por favor, es
lo mejor, de verdad.
Recogió el barco de al lado de la cama, me lo dio
y me acompañó del brazo hasta el pasillo. A continuación cerró la puerta para
regresar junto a los demás.
Me quedé en el umbral de la puerta con la carabela
en las manos sin saber qué hacer, rezando en silencio para que todo saliera
bien. El timbre había dejado de sonar, pero percibí los destellos de una luz
parpadeándome encima. Levanté la vista y vi que la luz roja de la alarma de la
habitación seguía encendida. El rojo intermitente dejó entonces de parpadear y
la luz se quedó fija, como si se hubiera detenido conscientemente al cruzarse
con mi mirada. Una sensación de presión me invadió entonces la boca del
estómago, mientras mis ojos se desviaban al barco que sostenía en las manos. Se
había roto la vela mayor y la cubierta tenía también algunos desperfectos. La luz
roja permanecía encendida en la popa sin parpadear. Me dejé caer de rodillas
sobre las baldosas del pasillo sin poder esta vez apartar los ojos de la
maldita luz. Los recuerdos, ya sin trabas, me poseyeron en aquel momento de
impotencia, con toda la fuerza que cobran cuando han conquistado al resto de
nuestros pensamientos.
Dos años antes, tras llegar a casa después del
trabajo, me sorprendió no encontrar ni a Marta ni a Ale. Ella salía antes que
yo y casi siempre se encargaba de recoger al niño en el colegio y de traerlo a
casa. Supuse que estarían en la calle, de compras o dando un paseo, así que no
le di demasiada importancia al hecho, pero cuando estaba a punto de darme una
ducha, sonó el teléfono:
-Antonio Robles, por favor –preguntó una voz seria
de hombre.
-Sí, soy yo, ¿Quién es?
-Hola Antonio, verá, le llamo del hospital
comarcal.
-¿Del hospital? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
-Se trata de su mujer. Ha tenido un accidente de
tráfico.
-¿Un accidente? Pero, está bien, ¿no? –interrogué nervioso
a la voz.
-Bueno, ha sido bastante grave y han tenido que
operarla de urgencia. Es mejor que venga en cuanto pueda y aquí le informaremos
de todo.
-¡Dios! ¿Y el niño? ¿Cómo está él?
-Iba ella sola. Tranquilícese, están haciendo todo
lo posible.
La han traído muy rápido.
Más tarde descubriría que iba camino del colegio
cuando un camión se saltó un semáforo en rojo y la arrolló.
Ni siquiera respondí, dejé caer el teléfono sin
colgarlo, me vestí a toda prisa, corrí a por las llaves del coche y salí
rápidamente de casa. Desde fuera escuche el pi-pi-pi característico de un
teléfono mal colgado. Accioné el botón de llamada del ascensor, pero estaba
ocupado.
-Vamos, vamos…
Esperé un momento dudando si bajar por las
escaleras los siete pisos que había hasta la calle. El testigo rojo no
desaparecía. Justo cuando había tomado la decisión de bajar a pie, el sonido
del teléfono de casa me llegó a los oídos con un tono distinto, esta vez un
sonido continuo y potente, que advertía de su incorrecta colocación. Corrí escaleras
abajo con el corazón unos peldaños por delante, hasta llegar por fin al garaje.
Subí al coche, arranqué y me dirigí a la puerta de salida. Desde la ventanilla
accioné el botón para subir la puerta y eso es lo único que pasó, porque no se
abrió. Volví a intentarlo dejándolo unos segundos presionado, pero nada:
-Joder…
Me bajé del coche para abrirla de forma manual y
al fin pude abandonar el garaje. Empezaba a oscurecer, así que encendí las
luces. En poco más de cinco minutos estaría en el hospital. Cuando me acerqué
al primer semáforo del recorrido, este estaba en ámbar intermitente pero a
menos de diez metros de él, cambió a rojo.
-Vamos, vamos… -me dije con el corazón totalmente
acelerado.
Un nuevo hecho casual me sobresaltó cuando ya
estaba a punto de llegar al parking de urgencias. El molesto pitido del sensor
de reserva de gasolina me entró por el oído como una aguja de tejer, al tiempo
que el correspondiente testigo rojo aparecía en el salpicadero. Una vez en el
hospital bajé del coche y corrí hacia la puerta de acceso a urgencias.
-¿Marta Solares, por favor? –pregunté en
recepción.
La chica levantó la vista del ordenador unos
instantes para responderme:
-Sí, espere un momento por favor, se ha bloqueado…
-me dijo señalando el PC.
¿Cómo era posible tal cantidad de infortunios?
Supongo que hasta ese momento no hice cuentas, ni
teoricé acerca de tantos pequeños hechos curiosos en tan corto espacio de
tiempo, pero justo entonces, una voz de hombre sonó a mi espalda.
-Oiga perdone, el coche verde de ahí fuera es
suyo, ¿verdad?
-Eh…Sí, eso creo –le respondí sin prestarle mucha
atención.
-No, es solo que se ha dejado las luces encendidas,
¿lo ve?
Di un paso atrás para mirar a través del cristal
de la puerta por la que había entrado. Las luces rojas de los pilotos traseros
de mi coche brillaban como un par de despiadadas luciérnagas rojas en el
aparcamiento. Me quedé mirándolas ensimismado unos instantes mientras un mal
presentimiento empezaba a hacerse sitio en mi conciencia, en forma de misteriosas
luces y sonidos fijos e inoportunos. Hasta durante las décimas de segundo en
que al parpadear no vemos, veía destellos rojos como la sangre, que explotaban
ante mi cara sin cesar.
-Solo ha sido un olvido, nada más –me dije a mí
mismo tratando de convencerme de que era absurdo buscarle sentido a todos
aquellos pequeños hechos que carecían objetivamente de él.
La voz de la chica de recepción me rescató en ese
momento de mi abstracción:
-Disculpe, señor. Marta Solares está siendo
intervenida de urgencia en este momento en el quirófano dos. Planta primera. Espere
allí y enseguida saldrá el doctor para informarle.
Ni siquiera acerté a darle las gracias. Me apresuré
a subir escaleras arriba hacia la sala de espera de los quirófanos. Había otras
cuatro personas más sentadas allí, con los rostros marcados por la preocupación
inherente al lugar. Yo me senté también, y esperé. Ninguna otra cosa podía hacer.
Uno de los que tenía al lado, un joven de veintitantos años, se levantó para
dirigirse a la máquina de refrescos. Introdujo una moneda y seleccionó una de
las bebidas, pero la máquina no funcionó. El chico volvió a presionar el botón
varias veces, pero nada. Tampoco pudo recuperar su euro. Enfadado dio un golpe
a la expendedora y volvió a su sitio. Me fijé en la pantalla, y todos sus
mensajes lumínicos rojos se habían quedado fijos. Cuatro ceros rojos. Estaban fallando
demasiadas cosas como para esperar que al menos una saliera bien. Al parecer la
mala suerte se expandía sin remedio a mí alrededor. Ignoro la razón, pero sí sé
que para cuando un médico salió por la puerta del quirófano con la mascarilla
en la mano y preguntó por los familiares de Marta, mis esperanzas de recibir
buenas noticias eran nulas. Le di muchas vueltas semanas después, meses
incluso. Me remordía la conciencia por no haber esperado con más confianza. Con
más fe.
-Lo siento. Marta había perdido mucha sangre,
tenía múltiples hemorragias internas y no hemos podido hacer nada.
Aleixo disfrutaba cuando íbamos al puerto a ver salir
y llegar a los barcos. Era nuestra vía de escape después de lo sucedido. Allí sentados
a pie de puerto, nos inventábamos historias sobre los marineros y sus aventuras
en alta mar, de piratas, de islas desiertas o tesoros escondidos. Pero al año
de morir su madre, le diagnosticaron un tumor cerebral. Una mañana lo encontré
desplomado a los pies de su cama, lo llevé al hospital y un escáner confirmó lo
peor. Tras seis meses ingresado y cuando el tumor parecía haber remitido, le
dieron el alta y pudimos volver a casa. Y también al puerto. Una tarde de
verano paseando al lado del mar, Samuel, uno de los marineros con el que
solíamos charlar a menudo, y que sabía de los momentos duros que habíamos
pasado con la enfermedad de Aleixo, nos ofreció subir a bordo:
-Bueno, capitán, tendremos que salir a alta mar. ¿Qué
te parece? –le preguntó el viejo marinero a Ale.
-¿A navegar? ¡Sí!
-¿Está seguro? No es necesario que… -empecé a decirle al hombre.
-Claro que sí. Hasta que este hombrecito no lleve
el timón no será un marinero hecho y derecho –me interrumpió Samuel, al tiempo
que le ponía su gorra al niño.
Aquella tarde disfrutó como nunca. Desde la muerte
de su madre sus ojos se habían vuelto tan tristes como los míos. Después llegó
el medio año de hospitales y tratamientos. Su valor me sorprendía y su entereza
era admirable para un niño de ocho años. Por eso, aquel día no pude evitar
llorar. En la popa, mirando la cicatriz burbujeante que al barco iba dejando a
su paso sobre el mar y escuchando a Ale reír y al viejo Samuel bromear con él,
casi olvidé todas las desgracias que en los últimos tiempos se habían cebado
con nosotros. Esa vez tuve fe, confié en que a partir de aquella tarde todo
iría bien. Por desgracia no fue así.
Una semana después, durante otro de nuestros
paseos por el puerto, vimos que había un hombre al que no conocíamos en la
embarcación de Samuel. Nos acercamos para preguntar por él:
-A Samuel le dio un infarto. Está grave en el
hospital –nos dijo.
De nuevo volvía a sentirme punto de mira de un
cruel destino que parecía empeñarse en no darnos tregua.
Fuimos a visitar al viejo marinero ese mismo día. Por
algún motivo, ningún semáforo del pueblo parecía funcionar aquella tarde camino
del hospital. Todos latían en ámbar dejando a criterio de los conductores las
preferencias y los cambios de sentido. Ya en el hospital, preguntamos por
Samuel y nos dijeron que estaba ingresado en planta desde hacía un par de
horas. Le llamaron a la habitación para advertirle de nuestra visita:
-No hay manera, el teléfono debe estar descolgado.
Comunica constantemente. La mujer de recepción giró el auricular hacia nosotros
lo que nos permitió comprobar lo que nos decía:
Pi-pi-pi-pi…
-Subiremos de todos modos, si no le importa. Creo que
se alegrará de vernos.
Ya en el pasillo de la planta de cardiología, nos
cruzamos con un médico justo en el momento en que sonó su busca en forma de
sonidos regulares separados por pequeñas pausas. La luz del timbre de la
habitación de Samuel parpadeaba en rojo. Me paré en seco cuando la vi y me
quedé un momento pensando. También recordando:
-Papá, ¿pasa algo? ¿Estás bien? –quiso saber
Aleixo.
A través de una de las ventanas del pasillo se
veía el aparcamiento de la entrada de urgencias, donde un coche estaba parado
con los cuatro intermitentes encendidos.
-¿Papá?
-No, hijo, no pasa nada, todo está bien. Muy bien.
Samuel se alegró de vernos entrar y desde la cama,
con una sonrisa, se dirigió a Aleixo, que llevaba puesta la gorra que él le
había regalado.
-Eh, capitán, me alegra verte por aquí. ¿Cómo está
hoy la mar?
Una semana después, el viejo marinero volvió a su
barco.
De rodillas junto a la puerta de la habitación
donde Ale se batía en duelo a muerte con la misma muerte, mis recuerdos
saltaban enfebrecidos, de luz en luz y de sonido en sonido. Por más que mi
mente se negara a aceptarlo, llegó a mí el pitido continuo del
electrocardiograma dentro de la habitación.
Piiiiiiiiiii…
Me dejé caer al suelo dejando que mi espalda
resbalase contra la pared del pasillo y me tapé los oídos. Pero lo que no pude
fue cerrar los ojos para dejar de contemplar el navío de juguete, ahora en el
suelo a mi lado, y la luz de emergencia en su parte trasera, que tras el
impacto con el suelo se había quedado fija. De repente, tras pestañear varias
veces para cerciorarme de que no era un efecto óptico, o una alucinación, pude
ver cómo la luz volvía a parpadear como antes de que se cayera. Siguió haciéndolo
y no pude evitar una leve sonrisa nerviosa que pronto empaparían algunas
lágrimas de alegría. Justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió:
-Miguel, su hijo…
-Lo sé, doctor, se pondrá bien…
El médico me miró sorprendido sin decir nada. Recogí
el barco del suelo y volví junto a mi hijo.
Un mes más tarde le dieron de alta. El tumor había
desaparecido por completo y según los médicos, el pequeño se recuperaría
completamente.
Al poco de estar en casa me propuso algo que me
sorprendió mucho en un primer momento:
-¿Estás seguro de que quieres hacerlo?
-Lo estoy, papá.
-Mientras me pasaba aquello en la habitación del
hospital, cuando me desmayé, tuve un sueño. Soñé que el barco recorría todos
los mares del mundo y que desde los puertos de todos los pueblos con mar lo veían
pasar.
-Si tú quieres que lo hagamos, lo haremos.
-Nos traerá suerte –concluyó con una sonrisa
enorme que me contagió de su misma ilusión.
Así que, a pesar de la lluvia fina y molesta que
caía ese día sobre el pueblo, fuimos al puerto y dejamos la carabela en el
agua.
Allí nos quedamos los dos mirando como la Santa
María en miniatura se iba alejando mar adentro. Poco a poco, muy despacio,
hasta que la perdimos de vista. A ella y a la luz roja intermitente que se fue
difuminando también camino del horizonte al tiempo que la mano de Aleixo se
aferraba a la mía con la fuerza con que él mismo se había aferrado a la vida. Seguía
lloviznando, pero el sol se asomó entonces entre las nubes por sorpresa, puede
que con el único pretexto, pues eso es lo que sucedió, de dibujar en el cielo
un espléndido y bello arcoíris.
No sé qué habrá de verdad o si tendrá algún
sentido real el hecho de creer que unas simples y aparentemente causales
señales luminosas o acústicas, puedan predecir el futuro. Siendo racional diría
que no lo tienen, que es una absurdez, pero la vida no siempre nos permite ser
racionales, hay veces que buscamos un halo de esperanza, un motivo para creer,
donde sea. Una mano invisible que asome en el abismo, para asir la nuestra con
fuerza y ponernos en pie, una voz que solo nosotros podemos oír y nos susurra: “No
te rindas, sigue adelante”.
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| (En Memoria de Aleixo) |
Foto: Lucía Rivas.
Escritor: Jose Díaz (El libro de "69").
